24 de agosto de 2010

Y los bondis no atropellaron más gente

Un día, por arte de magia, no hubo más accidentes de tránsito y los choferes de colectivos dejaron de ser los victimarios de los inocentes peatones porteños. Durante más de diez días, asistimos a una larga lista de muertes en la vía pública bajo los hierros de un Mercedez Benz de cuarenta asientos. Por obra y gracia del señor, ya no sucede más.

A partir del caso de la señora atropellada junto a sus dos hijos por un colectivo de la línea 15, los medios de comunicación –hasta los que antaño eran menos amarillistas—bombardearon sus respectivos soportes con imágenes de cadáveres y vacías unidades de transporte atravesadas en calles y avenidas. No estoy segura de si se llegó a señalar como responsable al gobierno, pero no se investigó sobre las causas. Con el caso testigo, se indicó que el 15 había cambiado su recorrido, aún así, nadie remarcó que modificar el trayecto no implica pasarle por encima a las personas. En la seguidilla, donde un 100 embistió a una mujer sobre Cerrito, pocos mencionaron que la joven utilizaba auriculares cuando cruzaba la calle, por lo que no oyó las señales sonoras de advertencia. En la misma jornada, otra mujer fue atropellada en la avenida Santa Fe por un 93. Así, la agenda se colmó con accidentes viales.

Ahora bien, las muertes por causas evitables (en la que los accidentes de tránsito son por lejos la primera categoría) ranquean terceras en las causas de deceso nacionales desde hace más de diez años, detrás de las enfermedades cardiovasculares y el cáncer. Este tercero del podio acusa veintidós muertes diarias a lo largo del año y no sólo por impericia de los conductores, sino también por negligencia de los peatones. En el Micro y Macrocentro, donde todos andamos atareados como hormigas, más allá de las motos que desafían no sólo leyes de tránsito sino que se atreven con las de la física, las personas cruzan calles y avenidas sin atender a semáforos ni líneas peatonales. Como me dijo un remisero ayer, acá somos todos tuercas y golpeándose el pecho en honor a Fangio los conductores avanzan a como dé lugar.

Hay un aforismo que dice: “Mejor perder un minuto en la vida, que en un minuto perder la vida”. El saber popular tiene mucha razón, no creo que haya una número importante de motivos válidos para cruzar en diagonal y corriendo avenida Córdoba o para pasar en anaranjado un semáforo en la Juan B. Justo. No obstante, más allá de la propia responsabilidad en la conducta vial, pongo énfasis en la responsabilidad social de los medios de comunicación en tratar seriamente un tema que estadísticamente es vital en nuestro país y en actuar su rol de formadores de conciencia y contribuir a disminuir las conductas peligrosas en lo que al habitar la ciudad se refiere. ¿Cuántos años hace que existe la campaña de Luchemos por la vida? ¿Recién hace quince días (y en época de vacaciones, claro) nos percatamos de lo mal que se transita? Excepto por un informe de Telefé Noticias, no vi ni leí ni escuché un trabajo serio sobre el tema. Se acusó a los choferes de colectivos, se exigieron mejores condiciones laborales, pero no se insistió en educar y respetar. El tema, ahora que hay nuevas cuestiones en la agenda, pereció en lo anecdótico, tal como quedarán los casos que fueron bandera cuando no había otra cosa de qué hablar.

Eso sí… ¡Argentinos, quédense tranquilos, ya se puede volver a salir a la calle! ¡No hay más accidentes de tránsito ni derrumbes! Ah, pero ojo con las salideras que hoy asaltaron al contador de Cubero. 

22 de agosto de 2010

De territorios y códigos

El disparador de hoy tiene apenas unas horas de sucedido, a la salida de la cancha de River, tras ganarle muy justamente a Independiente por tres goles a dos. El resultado es vital, pero anecdótico a los fines de este texto porque la reflexión comienza en el final, mientras cruzábamos el puente Labruna.

Fui con mi hermano, cuñada (embarazada de seis meses) y dos de mis sobrinos. En el cruce, teníamos que saltar hacia el sector peatonal para enganchar la rampa hacia la Lugones. Mientras intentábamos hacerlo, un joven barra miró a mi hermano y, tras notar el bebé de año y medio y la embarazada, le indicó que lo siga. Un amontonamiento de gente en espera para bajar hizo que pensara que sería una odisea llegar hasta el improvisado estacionamiento. Sin embargo, un gesto del barra y varios hombres de barrigas rebosantes de hombría se encargaron de levantar cochecito, embarazada, niño y abrir el camino delante nuestro para que bajáramos cual tobogán. La cancha, elemento del folklore nacional, es un lugar del sentido con entidad propia: un código.

Aquellos que hayan cursado Alabarces y pasen por aquí, revivirán al leer estas líneas aquellas estudiadas antaño en el libro Hinchadas. Las panzas, el aguante, la exaltación de la masculinidad y los códigos. Mi experiencia futbolera no se extiende más allá de la platea, cantitos contagiados desde la popular, comentarios ad hoc fraternizando con otros hinchas y la vivencia familiar de abrazos de gol. Sin embargo, estos paseos también despiertan a la comunicóloga que hay en mí e invitan a la reflexión.

A la vuelta, se me ocurrió preguntar: ¿Y si llevo un redoblante, me dejan pasar? Claro que no, socia plateísta, no puedo reclamar un lujo de los dueños de ese territorio en disputa: los barrabravas. Así como ellos, cual patriarcas bíblicos, son capaces de abrir paso en un puente atestado de personas, también determinan conductas y se arrogan derechos. Las fuerzas de la ley se limitan a poner un límite al área de su reinado, la intervención no es más que letra muerta. Un estado de excepción, a la Agamben, donde la excepción es la regla y un coro de prepotentes son reyes por una hora y media.

El River de mis amores ganó, no obstante, para poder disfrutarlo en vivo y en directo tuvimos que dar un rodeo de quince cuadras (de ida, más otras quince de vuelta) a fin de canjear las entradas en un lugar que quedaba a nada más que tres cuadras de donde estábamos parados y estuvimos de rehenes más de media hora para abandonar el estadio mientras se desconcentraban los visitantes para que no se crucen las hinchadas. Todo parte de un código actitudinal que por desidia o inoperancia deviene en indescifrable para las autoridades y que es una amenaza siempre latente sobre una pasión nacional.